Pensamiento azul

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Parte I: El pensamiento

Nació con el primer rayo de luz del día, igual que todos los pensamientos. Parecía uno normal, de color azul por cierto. Azul como todo pensamiento positivo. Al llegar a la tierra decidió ser diferente, así que en lugar de incrustarse en la primer persona, tal como las leyes de la naturaleza mandan, decidió esperar ocultándose entre las ramas de un gran árbol. 

“Esperaré a la persona indicada”, caviló el pensamiento. Así pasaron tres personas a las que descartó de una en una… “ese niño no me necesita, para qué si ya lleva muchos pensamientos azules…esa señorita no, lleva tantos y de tan distintos colores que me ignoraría…ese tampoco, lleva muchos pensamientos negros, me asfixiarían”.

Cuando llegó un hombre que se detuvo bajo el árbol el pensamiento actúo. Se dejó caer de las ramas. Entró en su mente.

 

Parte II: El elegido
José se levantó con la misma pereza de siempre. Tomó su radio, lo encendió y se dio un baño. Después de vestirse salió a la calle más temprano que de costumbre con la intención de reponer las ventas atrasadas de l
a semana.

Caminaba tan distraído que ni siquiera se percató del niño sonriente que le dio el saludo de los buenos días. Casi choca con una mujer que se maquillaba mientras avanzaba de prisa y con un hombre de cara enfurecida. Al llegar a su taxi lanzó un bostezo tan grande que parecía que se iba bajando tras un largo día de trabajo y no que estaba por iniciarlo. Miró el taxi y se lamentó de haberlo dejado a la sombra de aquel roble pues estaba lleno de suciedad de pájaro. Al meter la mano al bolsillo miró su rostro en el cristal del auto cuando de pronto, sin saber porqué, sintió un aire fresco en las mejillas, sus ojos brillaron y sus labios se extendieron hasta formar una sonrisa..

—Hoy será un buen día— le dijo al reflejo.

 

Parte III: El resultado
Faltaban minutos para las siete de la noche cuando vio el reloj. “Mi mejor día como taxista” pensó. Con la increíble cantidad de fletes que había realizado reponía lo perdido en jornadas anteriores. Faltaba poco para completar la cuota del día.

Al virar en la esquina un hombre le pidió la parada. José abrió la puerta del copiloto pero la cerró enseguida. El pasajero subió en la parte trasera y mencionó el destino.

—¿A descansar? —preguntó el taxista.

— Algo así— respondió el otro.

Después de minutos en silencio José observó por el retrovisor al pasajero. Llevaba la mano izquierda en la bolsa interna del saco. Le pareció angustiado. De pronto y sin saber porqué habló de nuevo:

—¿Cree en Dios amigo?

—Creía—dijo el hombre.

— Ayer yo habría contestado lo mismo. En tan solo un día he repuesto lo perdido en cuatro.

— ¿Y no te da miedo andar por ahí con ese dinero?

José acomodó el retrovisor para ver la cara del hombre.

— La verdad no, aquí solo vamos tu yo y pareces buena gente — Rieron los dos.

Siguieron la conversación hasta llegar al destino. Con el nuevo optimismo del taxista hablaron de Dios, del trabajo y de la familia. Incluso compartieron una pieza de pan que José llevaba.

Cuando el hombre bajó del auto José se negó a cobrar el flete. El otro le extendió la mano temblorosa en agradecimiento.

Luego de transportar tres pasajeros más José llevó el dinero correspondiente al dueño del taxi. Después quiso descansar.

Estacionó el coche justo en el mismo lugar donde lo había recogido por la mañana. Antes de caminar vio el brillo de algo en el asiento trasero del taxi. Abrió la puerta…lo tomó y envolvió en una franela. Miró al cielo y suspiró. Caminó sibando hasta su casa fingiendo no saber de quién era ese cuchillo ni el propósito que tenía.

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